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Juliette Binoche

Je veux vous dire une secrète que j’ai bien gardée tout ma vie. Depuis quarante-deux ans je suis amoureux du Juliette Binoche ; oui, l’actrice française. Et ça veut dire presque toute ma vie mature. Je l’aimée comme personne ne peut pas aimer une autre. Je ne me rappelle pas si je l’aimais depuis que j’ai vu le premier filme d’elle ou le seconde, et je ne me rappelle plus si alors je comprenais le français ou non, ou si c’est pour elle que j’ai décidé de l’apprendre. Vraiment, je suis fou pour elle. Elle est charmante. Il n’a pas personne plus belle dans le monde. Et belle es un mot trop limité à dire pour elle. Elle est le bonheur pur, un éclat de rire ; elle possède une tristesse, une nostalgie très spéciale que j’aime. Elle est simplement parfaite, elle est faite juste pour moi, et je l’aime à mourir. Je suis le gardien de ses jours et de ses nuits, et ma vie n’appartient qu’à elle. Tous les jours je me couche et je me réveille avec son image, elle est dans mes «dreams» ; là-b

Tres Años

Vivir engañando al presente, porque tú ya te has muerto antes. Fue precisamente aquel día en que decidiste ir solo por tu cuenta a explorar los riscos de la montaña, sin avisar a nadie, y sin que nadie notara tu ausencia; cuando después de caminar horas, por brechas, por senderos por ti inventados, alcanzar la cima —exhausto—, mientras te invadía una bocanada de euforia al alzar los brazos, sintiendo el aire que ascendía fresco, chocando contra tu cara y contra el peñasco, ese en que te habías detenido a celebrar en el filo, tu propia victoria, la de ese día; mirando a lo lejos hacía al valle, recorriéndolo con la mirada, como una sábana que suavemente se recoge, siguiéndote con las montañas del otro lado de la sierra; ascender por ellas hasta tocar con la vista el cielo azul, infinito, y pasar a las nubes que estaban calmas. Fue entonces, cuando al extender tus palmas con los dedos abiertos para tratar de alcanzar los cúmulos que estaban sobre tu cabeza —iluso—, como si se tratara

Pesadilla. Creo que perdí mi cel...

Amanecer un buen día atado a un árbol con lianas suaves y frescas y con los pies descalzos para sentir lo húmedo del pasto. Sentir la brisa mañanera con no más que un calzón de vuelta y media y una camisa sin costuras complicadas ni botones. Tener dos o tres libros a la mano, buenos, que están ahí por casualidad para que te olvides de que existen los periódicos y las maquinas pequeñas con pantallas a colores que dan la hora y que además de eso, traen noticias superfluas de lo que acontece en el mundo, del cual tú no eres el actor, ni siquiera un extra, y que sólo ocupan tu día en divagaciones que no valen la pena. Rehuir a estar atrapado, encadenado a ese tronco, pidiendo un mensaje, una noticia falsa, un tipo de cambio exagerado, o saber de la inminencia de una masacre; para angustiarte, aunque sea un poco, porque has vivido dependiendo de eso desde tu adolescencia, y más en estos últimos años. Pedir auxilio desde esa colina, sin que exista otro ser viviente en kilómetros a la red

Mujeriego

Ahora que se ha puesto tan de moda el término “Maestra”, “Maestro”, declaro que yo no quiero ser maestro de nadie, sino de mi misma persona. Quiero enseñarme todavía a leer en voz alta, luego a leer en silencio moviendo suavecito los ojos de una línea a otra; para entonces escuchar, como si yo fuera su amigo, lo que dicen las vocales en voz baja, para verlas con las consonantes, enredadas, en abrazos para crear interjecciones, silabas, palabras y sentencias –esas que antes se llamaban oraciones–. También quiero enseñarme un nuevo idioma, sin tutor, sin maestro. Uno diferente, de esos que se escriben como si uno estuviera haciendo con el lápiz rueditas o ganchitos, uno de esos que para hablarlos bien hay que usar turbante y una túnica blanca; aprenderlo, aunque a mí me falte la barba. También quiero ser mi propio aprendiz y enseñante para adivinar todas las formas que existen de cómo amarrarme las agujetas de los zapatos tenis. Sí, también quiero enseñarme a saber escuchar una buena mús