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Mostrando las entradas de febrero, 2022

La mujer de negro

La mujer de negro –de pants negro opaco con una sudadera obscura con gorra, con letras de Hollister bordadas en un neón violeta–, viene por las noches a mi casa; tiene el pelo negro, de un negro profundo, le llega a la cintura; es alta y tiene una cara sombría, unas ojeras hondas le dan un aspecto que inspira un poco de miedo. Es muy seria y nunca habla, viene y se sienta por horas en mi sala. No es hermosa, pero es bella, de una belleza misteriosa, misteriosa como ella. Le ha agarrado gusto a mi sofá color hueso y a mi cojín azul a cuadros. Se recuesta en él y aprieta el cojín; no fuerte, suave, como si fuera un perro delicado. No me cuenta su vida, ni yo le digo detalles de la mía. Me limito a verla sentada o recostada un poco hacia la izquierda, aunque de vez en vez se para y va a la cocina a tomar agua. De seguro alguna vez en una página del internet encontró mis letras y se enamoró de ellas. Lo deduzco porque la segunda noche, en su celular se puso a leer uno de mis correos más

Declaración

Tendría que ser un superfluo para no darme cuenta que te quiero. Tú llenas todas las ambiciones que tengo. Eres la mitad de lo que desconozco y la otra mitad de lo que ignoro. Te encontré una tarde como quien se encuentra una piedra redonda y pequeña, y la atesora. Eres los caminos que no había pisado y los pueblos en que no he estado. Voy a darte este día y esta noche lo mejor de mí; sabiendo que –sin pedirlo–, recibiré lo mejor de ti, que ya es también lo mejor que me ha pasado. Eres el espejo en que me miro y eres los diálogos que imaginaba. Tú eres la soledad acompañada; borras mi tristeza y mi melancolía, o más bien, las acomodas; eres todo lo que me hacía falta. Eres la risa y el silencio, lo inesperado y lo que estaba esperando. Tú eres la que todo lo sabe, la rítmica y la sensitiva; yo soy el burdo, el áspero, el de los dos pies izquierdos. Es tu cuerpo el que se acopla bien al mío, y es el mío el que se acopla mal al tuyo. Y es por eso que te quiero, y quizás es por eso que, s

Coronavirus V

De pronto me viene una nostalgia honda e inexplicable. Estoy aquí en mi sala esperando a que no venga el coronavirus. Mientras doblo mi ropa pienso que estarán haciendo aquellos que como yo viven solos. Igual ya han barrido y trapeado su casa dos veces este día y lavado los trastes y quizás han preparado una sopa caliente para comer por la tarde. De seguro después vieron si algún amigo del Face posteo algo interesante... No, pero no importa. La vida sigue, sigue aquí esperando. Dicen que mañana es sábado. A mí me da igual si es martes o domingo. Pero como es sábado, voy a tomarme el día para estar otra vez conmigo. Hoy me arrepiento de no haber invitado antes a mi mejor amiga a quedarse en casa, pero en ésta, aquí conmigo. Ni modo. Eso sí, el domingo como todos estos días mantendré mi sana distancia. Voy a tomar el auto –al fin que el tanque está lleno–, y me iré a caminar una montaña. La misma que volaba cuando la hacía de piloto de ala delta. Dejaré el auto en la reja de la en