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Mostrando las entradas de enero 18, 2022

El tren de mi vida

Así es hoy mi vida. Un taxi a dejar a mi hija a la escuela, después me tira a mí en la parada del colectivo. Veintitrés estaciones de metro de ida y un pesero más para llegar al trabajo. Una jornada de nueve a doce horas, cuando menos. Un checador electrónico. ¡Cuánto lo agradezco! De regreso omito el taxi —gasto innecesario—, lo sustituye el pesero, y luego las veintitrés estaciones del comunitario: Frente a mí pasa el circo itinerante de mi pueblo. Se abre el telón. Llegan a la pista los payasos. ¡Qué ingenio! Vienen disfrazados de jovencitos de la misma calaña —sin que sea una palabra mala—. Dialogo excelso de merolicos. Yo escucho atento (quizás me sirva para escribir algún poema mañana).  Con todas las artimañas a su alcance, gestos, muecas y ademanes, establecen un verdadero concurso por atraer la atención del respetable. Quedo fascinado con un bagaje de nuevas...  ¿Palabras... ??? Una viejita vende dulces y pregona: ¡Hay película en el Centro!  ¡Y buena!  —Añade sonriend

En el momento ese

En el momento ese...   Qué es el Amor, sino sólo un momento. El momento ese... En que nos damos Quizás ésta sea una de las canciones de amor más bellas del mundo...    https://youtu.be/SlpLGrzUC1Y     En El Momento Ese... En el momento ese, en que nos damos. Se me olvida tu nombre y mi nombre, mujer Tú te vuelves flora y yo me vuelvo fauna. Te recorro de norte a sur y de lado a lado. Trepo por tus enredaderas y me detengo en la cima de tus dos montañas.   En el momento ese, en que nos damos. Tú te vuelves luna y yo me torno Sol. Te persigo según transcurren las horas hasta que te alcanzo y mi luz te cobija y mi calor te envuelve. Y te voy comiendo poco a poco, de cuarto creciente hasta luna llena.   En el momento ese, en que nos damos. Tú te vuelves lágrima y yo soy sonrisa. Y sin darnos cuenta tú te vuelves risa y yo me vuelvo sal. Y en ese ciclo de cambios infinitos, tú te vuel

Coronavirus

Coronavirus Si te dijera que hago yo para escribir… Tendría que matarte. Me confino por horas, días enteros en mi casa y no salgo para nada. No le hablo a los amigos, me olvido de los conocidos y no digo ni “Hola... ¿Cómo están?” a mi familia; desconecto el internet, el cable de la TV y apago todo cuanto haga ruido. Entonces en la quietud de mi biblioteca, de mi sala, en completa calma, cuando ya se han apagado todos los sonidos del mundo; agarro la última versión de mi novela, una docena de hojas blancas, mi plumón que pinta rojo con líneas suavecitas, y me pongo a escribir. No necesito de nada ni de nadie. Si al caso una música de chelo que sale de un portátil a la mano, y entonces extiendo mis alas de escarabajo y me voy en viaje imaginario a volar el mundo, el de hoy, el de ahora, el de hace años o siglos, o el de futuros que están por venir y asombrarnos. Yo no le temo al confinamiento, si es el confinamiento que yo decido; porque en él me encuentro y en él me hallo, y e