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Tu carta...

  Recibí tu carta, esa en la que te despides de mí para siempre; en la que dices que me liberas, como si yo fuera un gato que ya crecido, le abres la puerta. Ahora entiendo por qué mis amigos decían que desde hace unos días tengo una cara triste. Creí que no se me notaba, que alcanzaba a esconder esa tristeza que me carcomía por dentro. Fue una carta simple, de pocas palabras, pero de muchos significados. Yo no entendí todo, no lo que significaban las palabras, sino lo que quisieron decir tus sentimientos. Quizás porque más que gato yo creí que era para ti un poco más que perro, y que con ese Status ya tendría derecho a estirarme en tu sofá, a comer de tu mesa, y de vez en cuando a disfrutar de lo suave y mullido de tu cama. Pero un gato es un gato, y nunca podrá ser un perro. Para él, la puerta de la calle está siempre abierta, o la ventana que da al patio; y se puede perder por unos días, desaparecer; y si quiere no regresar, igual puede hacerlo; y aunque se le extrañará por un