Mataron a mi amigo Pancho

Pocos lo saben, y yo no lo publico, pero desde hace más de treinta y cinco años estoy casado con una dama japonesa, a quien hoy en día ayudo en su negocio y la respeto a la distancia. Eso sí, cada quien tiene su casa, su jardín y su cama; pero no por eso, la dejo de apreciar.

Recuerdo que hace unos quince años, años más, años menos; ella me contó, en su mal español, que el esposo de una de sus amigas era: Murciélago.

¿Murciélago?... ¿Cómo es eso?

Me aclaró que le gustaban la mujeres.

¡Ahhh! Mujeriego.

¡Sí! ¡Eso!

¡Vaya! Eso no es extraño, pues a muchísimos de los hombres nos gustan, nos encantan las mujeres; y a algunas mujeres, también.

Pues a mi amigo Pancho, como a mí, le gustaban en demasía las mujeres; e iba de flor en flor libando los dulces néctares del amor pasional e íntimo. Lo que no cuidaba es si las flores tenían jardinero o no, y por un buen tiempo disfrutó de esos placeres a veces permitidos, pero muchas veces prohibidos.

Era un tipo que caía bien, trabajador, alegre, sonriente, aventado en el amor. ¡Ah! Pero esos arriesgues tienen sus bemoles y peligros. Así que hace unos cuantos días mi amigo Pancho ya no está más por aquí. Alguien... Me lo venadió. Y él se fue. Algunas chicas de seguro llorarán su amor, y yo lo extrañaré como al cuate que le gustaba vivir.

A mí, me gustan los murciélagos. Aquellos que saben amar, pero saben dónde, cuándo y con quien; y no aquellos que aman a dos o tres; pero sí, los que aman a una; y si por alguna razón, ese amor se pierde, se diluye, se acaba o se va; por un tiempo están solos y se cuelgan de su rama, pero luego se echan otra vez... a volar.

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