Si te dijera que hago yo para escribir... Tendría que matarte
Si te dijera que hago yo para escribir... Tendría que
matarte.
Me confino por horas,
días enteros en mi casa y no salgo para nada. No le hablo a los amigos, me
olvido de los conocidos y no digo ni “Hola... ¿Cómo están?” a mi
familia; desconecto el internet, el cable de la TV y apago todo cuanto haga
ruido.
Entonces en la quietud
de mi sala, en completa calma, cuando ya se han apagado todos los sonidos del
mundo; agarro una docena de hojas blancas, mi pluma que pinta rojo con líneas
suavecitas, y me pongo a escribir.
No necesito de nada ni
de nadie. Si al caso una música de chelo que sale de un portátil a la mano, y si se puede, una copa de tinto un poco fría. Entonces extiendo mis alas de escarabajo y me voy en viaje imaginario a volar
el mundo, el de hoy, el de ahora, el de hace años o siglos, o el de futuros que
están por venir y asombrarnos.
Yo no le temo al ningún confinamiento, si es el confinamiento que yo decido; porque en él me encuentro
y en él me hallo. En ese suave retiro me deleito; en él encuentro el amor que
he perdido y el que estoy por descubrir; también en él hay sinsabores y odios,
venganzas que creía que había olvidado, hasta nimiedades que antes me dejaron
una alegría o una tristeza casi tenue, pero que ahora al recordarlas me hacen
sonreír o llorar sin parar cuando en palabras escritas las pongo.
En las letras también
soy un Magallanes, un Colón, un vikingo, y navego océanos, mares, bahías y
desembocaduras de grandes ríos; y cuando mis remos se cansan, cuando no dan
para más, entonces me convierto en pasajero de esos otros navegantes que
habitan en los libros de mi librero, de los que dejé olvidados en el buró de mi
cama, o los que están a un lado de la taza de baño; y me dejo arrullar por el
suave vaivén de su prosa, de cómo hilan las palabras; y ya no estoy solo.
Si afuera se desmorona
el mundo, no lo percibo; cuando salga de aquí en unos cuantos días o meses, sabré
si ha cambiado.
Entonces decidiré si
aquí me sigo, o si salgo para caminar por las calles para decir a mi vecino: “¿Hola
cómo estás?”, para ir a ver a mis amigos, a mi familia querida.
Pero sólo lo haré para tomar fuerzas, para otra vez poder zambullirme en mis escritos.
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