Un hermoso largo cuento erótico
Un hermoso largo cuento
erótico
¿Debía yo contar los
detalles de lo que pasó entre Karla y yo; no una, sino cientos de veces? Pues
no; pero si no lo escribiera y no hubiera ningún lector que se tropezara con
estas letras, entonces esas escenas de cuando ella y yo hacíamos el amor se
desvanecerían irremediablemente en el olvido. Escenas de las que yo fui el
único que las presenció.
Sí, Karla también;
pero su ángulo de visión fue diferente al mío y no las percibió de la misma
manera que yo.
¿Fue amor, fue cariño
o fue sólo sexo? Esa es la pregunta que nos hacemos todos cuando una relación
tan íntima, tan frecuente y tan estrecha se termina. ¿Cómo decirlo? ¿Dónde
termina el cariño y empieza el amor, cómo es que la ternura los va amalgamando,
o en qué parte entra el sexo y supera a todos los sentidos y a todos los
sentimientos?
Y no me refiero al
sexo como el acto de una repetición desenfrenada de avasallamiento de un cuerpo
contra otro; no, porque eso no es amor; y sí también se da, pero no es lo que
hace que te quedes y permanezcas.
Tampoco al sexo le
añadiría como ingrediente el erotismo, porque detesto esa palabra. No hay nada
tan ambiguo e impreciso; no lo encuentras en ningún manual ni existe una forma
de describirlo. Por eso, Karla y yo, nunca le llamamos erotismo al acto de
estar juntos en una intimidad que no hacía distinción de tiempos ni lugares;
tampoco le llamamos sexo, y nunca hubo un acuerdo premeditado para hacerlo.
Simplemente se daba por la cercanía que ya teníamos, una cercanía de todo, como
si yo fuera una mascota de ella que, siempre que estaba cerca o que la sentía
cerca, nos daba por estar juntos, acaricándonos; lo que provocaba su deseo, mi deseo y nuestra alegría; y el contacto con su cuerpo era algo
natural, así fuera tomarnos de la mano, estrechar su cintura, que ella me
abrazara o que yo recostara mi cabeza en sus piernas.
Pero aún no he
empezado a describir lo que realmente pasaba cuando ella y yo hacíamos el amor.
Comenzaré por decir que las más de las veces fue una intimidad natural, en el que no
había prisas por deshacernos de nuestras ropas, y las más de esas veces no lo
hacíamos solos o por separado, sino nos ayudábamos o dejábamos que uno lo
hiciera para el otro, a plena luz del día, en la penumbra de las primeras horas
de la noche, o en sus últimas, antes de amanecer. También lo hacíamos en una
total oscuridad.
Llegamos a conocer
tanto nuestros cuerpos que a ojos cerrados podíamos identificar cada parte con
el simple tacto de las yemas de los dedos o de la punta de la lengua; y no
había tabúes ni menosprecios para un rincón cualquiera, y si se nos antojaba
besar o lamer lo rasposo de las axilas, lo escondido de la entrepierna, lo
bello de toda su espalda, atrás del lóbulo del oído o deleitarnos con las
comisuras de los labios; lo hacíamos, porque ya no se necesitaba ningún
permiso.
A mí particularmente
me embelesaba chupar cada uno de los dedos de sus pies y el estrecho espacio
que quedaba entre ellos. Y todo porque sus pies eran verdaderamente hermosos,
diminutos como finas piezas de porcelana; pero también lo eran sus pantorrillas
y sus piernas, su cintura, y más arriba sus brazos, su cuello, su cara y su
pelo. De modo que el recorrido de mis manos y de mis labios no tenía rutas ni
paradas marcadas. Por eso ahora sé que el amor no empieza con el sexo. ¡Ah!
Pero que bien se siente cuando el sexo lo acompaña.
Lo que le seguía a
ese preámbulo de caricias y roces, tampoco tenía un orden ni una frecuencia o
ritmos definidos, todo se daba de manera casual y no había pudor ni vergüenza
para atajar lo que entre ella y yo pasaba, entre sabanas, entre arbustos, en el
sofá, en la duela o bajo la regadera; y los acuerdos se daban de manera tácita,
también las negaciones, sin que quedaran enojos ni molestias; para el lugar y
el tiempo no había regla ni lugar preferido; bueno sí, las orillas de la cama
siempre nos dejaron recuerdos imborrables.
Primero éramos
jóvenes, después al madurar le seguimos hallando sabor y formas diferentes a
nuestra relación íntima.
¿Fuimos pervertidos o
perversos? Sí, también lo fuimos; pero también fuimos simples e inocentes y
también atrevidos y promiscuos, lo que eso signifique; y llegamos hasta donde
no todos llegan, pero nunca nos recriminamos nada ni nos arrepentimos de lo que
hicimos, y si nos agradó, lo repetimos cuantas veces quisimos.
¿Qué si el sexo dolió
y a veces dejó huellas? Sí, a veces. Pero eso sólo hizo que horas o días
después nos siguiéramos extrañando más.
También diré que para
cuando terminábamos de hacer el amor no había ritual, si por terminar se
entendieran unos segundos, unos minutos o unas horas después del clímax, del o
de los orgasmos; porque no existía un fin como tal; de modo que a veces,
volvíamos a comenzar, como si hubiésemos olvidado que apenas hace unos minutos
creímos haber terminado; y cuando ya no existía el acto del sexo como tal, un
abrazo, un quedarse dormido al lado o un ducharse juntos no marcaba un final,
sino un comienzo de una relación más estrecha de quienes se han dado todo hasta
la saciedad, de quienes se conocen completamente de cuerpo, y ese cuerpo ha
dejado a descubierto un alma, un alma conocida y cada vez nueva.
Ya contar detalles de
cómo pasó, de qué hicimos y cómo lo hicimos, no tendría caso; cualquier libro
sobre las formas de hacer sexo les podría servir de referencia, pero aun así,
no sería suficiente; porque en esos libros no se dice cuánto se necesita de
amor, de ternura y de cariño, ni por cuánto tiempo ni dónde. Por eso cuando el sexo se va
apagando se le echa una cubetada de agua fría al amor y al cariño; y esa persona
que fue tu cómplice en la intimidad se va alejando y a ti sólo te quedan
recuerdos como si fueran tomas de fotografías o pequeños cortos de video de
cómo fue, de qué pasó y de las sensaciones y sentimientos que tuviste cuando tu
cuerpo, tu alma y tu espíritu, con al alma, el cuerpo y el espíritu de ella, se
tocaron.
Así fue como pasó entre Karla y yo. Y aunque ya han pasado más de seis años, yo todavía recuerdo bien como era Karla en la intimidad, como si en lugar de esos años nada más hubieran pasado unas horas; unas horas que se me han vuelto, una eternidad.
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