Un hermoso largo cuento erótico

Un hermoso largo cuento erótico


¿Debería yo contar los detalles de lo que pasó en la intimidad entre Elena y yo; no una, sino cientos de veces? Pues no; pero si no lo escribiera y no hubiera ningún lector que se tropezara con estas letras, entonces esas escenas de cuando ella y yo hacíamos el amor se desvanecerían irremediablemente en el olvido. Escenas de las que yo fui el único que las presenció.

Por supuesto, Elena también; pero su ángulo de visión fue muy diferente al mío, y estoy seguro que no las percibió de la misma manera que yo.

¿Fue amor, cariño o fue sólo sexo? Esa es la pregunta que nos hacemos todos cuando una relación tan íntima, tan frecuente y tan estrecha se termina. ¿Cómo decirlo? ¿Dónde termina el cariño y empieza el amor, cómo es que la ternura los va amalgamando, o en qué parte entra el sexo y supera a todos los sentidos y a todos los sentimientos?

Y no me refiero al sexo como el acto de una repetición desenfrenada de avasallamiento de un cuerpo contra otro, o de ambos; no, porque eso no es amor; y sí también se da, pero no es lo que hace que te quedes y permanezcas.

Tampoco al sexo le añadiría como ingrediente el erotismo, porque no me agrada esa palabra. No hay nada tan ambiguo e impreciso; no lo encuentras en ningún manual ni existe una forma de describirlo. Por eso, Elena y yo, nunca le llamamos erotismo al acto de estar juntos en una intimidad que no hacía distinción de tiempos ni lugares, como tampoco le llamamos sexo, porque nunca hubo un acuerdo premeditado para hacerlo. Simplemente se daba por la cercanía que teníamos, una cercanía de todo; como si yo fuera una mascota de ella que, siempre que estaba cerca o que me sentía cerca, nos daba por estar juntos, acariciándonos; lo que provocaba su deseo, mi deseo y nuestro gozo y alegría; y el contacto con su cuerpo era algo natural, así fuera tomarnos de la mano, estrechar su cintura, que ella me abrazara o que yo recostara mi cabeza en sus piernas.

Pero aún no he empezado a describir lo que realmente pasaba cuando ella y yo hacíamos el amor...

Comenzaré por decir que las más de las veces fue una intimidad natural, en la que no había prisas por deshacernos de nuestras ropas, y las más de esas veces no lo hacíamos solos o por separado, sino nos ayudábamos o dejábamos que uno lo hiciera para el otro, a plena luz del día, en la penumbra de las primeras horas de la noche, o en sus últimas, antes de amanecer. También lo hacíamos en una total oscuridad.

Llegamos a conocer tanto nuestros cuerpos que a ojos cerrados podíamos identificar cada parte con el simple tacto de las yemas de los dedos o de la punta de la lengua; y no había tabúes ni menosprecios para un rincón cualquiera, y si se nos antojaba besar o lamer lo rasposo de las axilas, lo escondido de la entrepierna, lo bello de toda su espalda, atrás del lóbulo del oído o deleitarnos en las comisuras de los labios; lo hacíamos, porque ya no se necesitaba ningún permiso.

A mí particularmente me embelesaba chupar cada uno de los dedos de sus pies y el estrecho espacio que quedaba entre ellos. Y todo porque sus pies eran verdaderamente hermosos, diminutos como finas piezas de porcelana; pero también lo eran sus pantorrillas y sus piernas, su cintura; y más arriba, sus brazos, su cuello, su cara y su pelo. De modo que el recorrido de mis manos y de mis labios no tenía rutas ni paradas marcadas, para jalar, besar, morder o arañar. Por eso ahora sé que el amor no empieza con el sexo. ¡Ah! Pero que bien se siente cuando el sexo lo acompaña.

Lo que le seguía a ese preámbulo de caricias y roces, tampoco tenía un orden ni una frecuencia o ritmos definidos, todo se daba de manera casual y no había pudor ni vergüenza para contener lo que entre ella y yo pasaba, entre sabanas, entre arbustos, en el sofá, en la duela o bajo la regadera; y los acuerdos se daban de manera tácita, como también las negaciones, sin que quedaran enojos ni molestias; para el lugar y el tiempo, no había regla ni lugar preferido; bueno sí, las orillas de la cama siempre nos dejaron recuerdos imborrables.

Primero éramos jóvenes, después al madurar le seguimos hallando sabor y formas diferentes a nuestra relación íntima.

¿Fuimos pervertidos o perversos? Sí, también lo fuimos; pero también fuimos simples e inocentes y también atrevidos y promiscuos, lo que eso signifique; y llegamos hasta donde no todos llegan, pero nunca nos recriminamos nada ni nos arrepentimos de lo que hicimos; y si nos agradó, lo repetimos cuantas veces quisimos y donde quisimos.

Cada vez era una nueva oportunidad de encontrarnos, de hacerlo, de repetirlo, de explorar nuevos horizontes, de gozarlo, como si esa, fuera a ser, la única vez en la vida.

¿Qué si el sexo dolió y a veces dejó huellas? Sí, a veces. Pero eso sólo hizo que horas o días después nos siguiéramos extrañando aun más.

También diré que para cuando terminábamos de hacer el amor no había ritual, si por terminar se entendieran unos segundos, unos minutos o unas horas después del clímax, del o de los orgasmos; porque no existía un fin como tal; de modo que a veces, volvíamos a comenzar, como si hubiésemos olvidado que apenas hace unos minutos creímos haber terminado; y cuando ya no existía el acto del sexo como tal, un abrazo, un quedarse dormido al lado o un ducharse juntos no marcaba un final, sino un comienzo de una relación más estrecha, de quienes se han dado todo hasta la saciedad, de quienes se conocen completamente de cuerpo, y ese cuerpo ha dejado a descubierto un alma, un alma conocida y cada vez nueva.

Ya contar detalles de cómo pasó, de qué hicimos y cómo lo hicimos, no tendría caso; cualquier libro sobre las formas de hacer el amor les podría servir de referencia, pero aun así, no sería suficiente; porque en esos libros no se dice cuánto se necesita de amor, de ternura y de cariño, ni por cuánto tiempo ni dónde, cuando verdaderamente se hace el amor.

Por eso... Cuando el sexo se va apagando, se le echa una cubetada de agua fría al amor y al cariño; y esa persona que fue tu cómplice en la intimidad se va alejando y a ti sólo te quedan recuerdos intensos, como si fueran tomas de fotografías o pequeños cortos de video, de cómo fue, de qué pasó y de las sensaciones y sentimientos que gozaste, padeciste y sentiste, cuando tu cuerpo, tu alma y tu espíritu, con el alma, el cuerpo y el espíritu de ella, se tocaron.

Así fue como pasó cuando hacíamos el amor Elena y yo. Y aunque ya han pasado más de seis años de la fecha de cuando la dejé de ver, yo todavía recuerdo bien como era Elena en la intimidad; como si en lugar de esos años nada más hubieran pasado unas horas; unas horas que se me han vuelto, una eternidad.

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