Guillermo Hoffner Long
El cuatro de junio de este año (2026), falleció mi Sensei de toda la vida, Guillermo Hoffner Long.
De inmediato comenzaron a circular decenas de anécdotas de alumnos que decían: El gran Sensei. Él me inició en el Karate Shito ryu, en el Kendo... Compartí con él muchos eventos, en los que siempre aprendí algo de mi Sensei... Le debo lo mejor de mí... Un gran luchador y un profesor ejemplar. etc, etc.
Yo los leí... Y me dije para sí. ¿Dónde estuvieron cuando el Sensei los necesito? Quién de ellos le tendió una mano cuando estaba solo, cuando pasó por privaciones, cuando buscaba un alumno para que fuera su sucesor en el Kendo, en el Karate-do, en técnicas especiales de defensa personal...
No diré que yo fui su alumno especial, porque no estaba dotado de una gran destreza y velocidad; pero de que le aguanté sesiones extenuantes de entrenamiento de karate do y de kendo, le aguante. Casi me doblé, pero nunca me quebré. Compartí clases con Neko, con Pujalte, con el Chino, con Alejandro Castaño, con el actor Fernando Sans, con Joel (quien me rompió la ceja con una velocísima patada de mawashi geri), con Serafín Lozada, con el Oso (de quien no recuerdo su nombre), y con muchos más.
Todos, a base de constancia y de mucho esfuerzo fuimos mejorando nuestra técnica, en sesiones locas, cuando el sensei Hoffner nos llevaba a dar de brincos en cuclillas cuesta arriba en una de las rampas que dan al estadio de futbol de Ciudad Universitaria. Así avanzamos de cinta blanca a verde, a marrón y luego a negra, el tan ansiado cinturon de Black belt. Yo no llegué ahí, porque un poco antes me desvié a practicar kendo, el que inicié sin saber cómo golpear con el shinai.
Hoy en día, gracias a innumerables noches de tardes y noches de duro entranamiento con el sensei Hoffner tengo un segundo dan; y para quien está versado en esto de las artes marciales, sabe que un segundo dan en kendo es nada, y que en una sola prefectura de Japón, el listado de los que ostentan un quinto dan, es prácticamente un libro, como lo que era el suplemento especial de la Sección Amarilla; de modo que un segundo dan... No es algo de lo que uno se pueda vanagloriar.
¡Ah! Pero ese segundo dan me ha servido para plantarme frente a senseis que ostentan cuarto o quinto dan, tanto en Canadá como el Los Angeles, y por ningún lado se ve que yo me achique y que de vez en cuando les meta un punto a maestros de mucho mayor nivel.
Pero todo se lo debo a mi sensei. Él en mucho formó mi carácter, mi estamina, mi actitud frente a la vida, mi caerme y volverme a caer, abatido por mi mismo o por circunstancias de la vida; porque con mi sensei, el keiko de kendo no se terminaba en la pared, sino en el piso, hasta que uno verdaderamente había perdido ese match con él.
Siempre fue una excelente persona y un verdadero maestro. Lo acompañé muchas veces en su destalado ford galaxie 70 o 72, negro, y muchas veces me invitó a comer a casa de su mamá, y me enseño ahí sus fotos y sus cuadros, sus álbumes de timbre postales, y me trató como un hijo y con los años como un amigo.
Sí. Yo también le quedé mucho a deber. Con el tiempo lo dejé de ver y no lo visité. Yo también fui uno más de esos alumnos ingratos que de anciano no se acordaron de él.
Discúlpame Sensei, dondequiera que estés. Tú me hiciste hombre. Hombre de bien.

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