Carta a Karla VIII... Y última

Querida y Amada Karla

Al final, te tuviste que ir, y yo me quedé triste, con una tristeza, de esas que no tienen definición, porque son una mezcla de vacío, de perdida y de ausencia, de falta de algo, de algo muy importante que no puedes contener entre tus manos o en tu corazón. Y esa sensación no te deja llorar de momento, de modo que ese día y el siguiente andas como ido, como si todo te pareciera irreal e inasible, el picaporte de la puerta, las sábanas de la cama, el piso de la sala, el agua de la regadera, el texto de la novela que lees, todo, todo se torna etéreo, nebuloso; y tus pisadas por la calle también. Tu vista confunde hojas de árboles con flores, tierra con pasto, y vas cargando un hueco por dentro, un hueco que se agranda conforme pasan las horas, hasta que un día te despiertas y estallas en sollozos, incontenibles y profundos.

Entonces te das cuenta de la magnitud de lo que has perdido, y tu llanto es la medida de cómo, de por qué y de cuánto has perdido. Te das cuenta de cuánto la amabas y extrañabas su presencia. Pero se ha ido. Se ha ido para no volver jamás.

Y poco a poco, día tras día te comienzas a reinventar, y tratas de olvidar sin poder hacerlo. Pero sí, has avanzado, ya no te duele tanto y el hueco que estaba dentro de ti ha disminuido, no mucho, pero algo. Y sabes que un día llegará en que ese hueco casi desaparezca, y que entonces ya tendrás fuerzas de entablar una conversación con una desconocida que algún día quisieras que fuera como Karla.

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Por eso sé, Karla, que nunca podré encontrar a nadie como tú. Por eso con esta última carta quiero agradecer las maravillosas horas que pasé a tu lado y que sepas que como yo te amé, nadie lo hará.


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