Carta a Elena VII... Y última

Querida y Amada Elena

Al final, te tuviste que ir, y yo me quedé triste, con una tristeza, de esas que no tienen definición; porque era una mezcla de vacío, de perdida y de ausencia, de falta de algo, de algo muy importante que no pude contener entre mis manos o en mi corazón. Y esa sensación no me dejó llorar de momento, de modo que ese día y el siguiente anduve como ido, como si todo me pareciera irreal e inasible: el picaporte de la puerta, las sábanas de la cama, el piso de la sala, el agua de la regadera, el texto de la novela que leía, todo, todo se tornó etéreo, nebuloso; y mis pisadas por la calle también.

Mi vista confundía las hojas de árboles con flores, la tierra con pasto, y me fui cargando un hueco por dentro, un vacío que se agrandaba conforme transcurrían las horas, hasta que al siguiente día me desperté y me sentí totalmente hueco, por lo que estallé en sollozos, incontenibles y profundos.

Entonces me di cuenta de la magnitud de lo que había perdido, y mi llanto fue la medida de cómo, de por qué y de cuánto había perdido. Me di cuenta de cuánto te amaba y extrañaba tu presencia. Pero te habías ido. Te habías ido para no volver jamás.

Y poco a poco, día tras día me comencé a reinventar, y traté de olvidarte... Sin poder hacerlo.

Pero sí, avancé. Después de una semana, ya no me dolía tanto tu partida y el hueco que estaba dentro de mí disminuyó, no mucho, pero algo. Y por eso supe que llegará un día en que ese hueco casi desaparezca, y que entonces ya tendré fuerzas de entablar una conversación con una desconocida que algún día quisiera que fuera como tú. Aunque sepa que nunca podré encontrar a nadie como tú.

Por eso, con esta última carta, Elena, quiero agradecer las maravillosas horas que pasé a tu lado y que también sepas que como yo te amé, nadie lo hará.

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