Carta a mi amigo Tony 2
Amigo Tony
No sé por qué, pero presentí que esa relación tuya con una chica en los principios de sus veintes (y tú arañando los cincuentas) iba a terminar mal.
Y no por ella (eso de antemano lo adiviné), sino por ti. Ella sólo actuó como es, y tú te creaste expectativas que no iban con su realidad. Y la verdad, amigo, es que a nuestra edad ya no estamos para estarnos enamorando de jovencitas; porque al final, ellas (en su inocente ingenuidad), salen contigo, te platican, te toman del brazo, te dicen cosas dulces y bonitas y hasta prometen arrumacos (porque prometer no empobrece, ni obliga), arrumacos que nunca existirán.
Y esa relación pudiera llegar a ser una amistad bonita, quizás un romance, quizá algo más... Pero como todo, al final, terminará.
Y bueno... Ya no estamos para ser mecenas de azúcar, que el amor y el cariño no se adquiere con terroncitos verdes (de los que compran cosas), por mucho oficio, técnica, experiencia y alarde de lo que somos, de lo que hemos vivido, de dónde hemos estado, de lo que sabemos hacer; porque ya no tenemos esa carcajada fresca, esas ideas disparatadas, esas loqueras que a ellas les hacen gracia, porque a nosotros hace tiempo que nos llegó la madurez.
Pero mira que hay otras oportunidades, sólo pasa que debemos cambiar de nivel; porque hay damas cultas, refinadas, de buenos gustos y hasta de excelente posición social, que necesitan caballeros educados (como tú y yo), que las acompañen a la cena de familia, a la opera, al teatro, para después pasar a un restaurante elegante, o un cafecito de esos que todavía hacen suspirar, o al viaje de fin de semana, porque ya se cansan, ya se aburren en su casa y no les gusta manejar.
¡Ah! Y también buscan compañía para esas aventuras amorosas que inician en una charla descuidada y se siguen por lugares reservados, donde se encuentran fantasías gloriosas y bonitas, que te dejan un buen recuerdo; y eso se hace, como se hace el pan.
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